jueves, 13 de enero de 2011


El lado oscuro de la luna

Un ensayo “bárbaro”: la otra cara de los doscientos años de independencia latinoamericana, o los trescientos años que el bicentenario dejó en la oscuridad

por Santiago Lingurini

Nunca dejamos de ser colonia.
Nos independizamos, si, de la relación política que manteníamos con el imperio español, allá por la década de mil ochocientos diez. Pero… ¿qué importancia, que relevancia tiene esta desvinculación administrativa con la metrópoli española si la política, como esfera de la vida social, es una práctica atravesada fuertemente por la actividad económica? Sin duda, es un mar de veces preferible cortarle la cabeza al rey y dejar de ser el títere de Castilla; y ello se lo debemos a los revolucionarios que libertaron parte de nuestra dignidad, como Simón Bolívar, José de San Martín, O’Higgins… pero, ¿hasta qué punto esta libertad política significa la emancipación de los pueblos latinoamericano? Desde que las primerísimas embarcaciones descubridoras (perdón, ¡conquistadoras!) arribaron a estas tierras, la idea se concibió de manera inmutable: encontrar todo lo que tenga valor y apropiarlo para la corona. Y así fue, durante largos siglos hasta el día de hoy, por más que las investiduras de aquél imperio hayan mudado de piel. Así fue desde los espejitos de colores hasta el excedente apropiado por la clase capitalista en la relación de capital actual.
Con el pasar del tiempo se fue afianzando en nuestra región un modelo económico omnipotente: la idea era que nosotros vendíamos los frutos de nuestra ‘pachamama’ (‘madre tierra’ para los quechuas y los aymaras, pueblos originarios del extremo sur del sub-continente) a los dueños del mundo, mientras los países mas poderosos del globo nos suministraban manufacturas, esto es, productos ya valorizadas por el trabajo humano. La historia fue demostrando con el tiempo la desigualdad de este intercambio aparentemente favorable para ambas partes. Pero lo que me trae aquí es la consecuencia social y política de esta forma de concebir la relación económica con los países dominantes.
A partir de esta estructura económica, de la relación carnal entre los imperios y las tierras latinoamericanas, nació fecunda la más fea hija que nuestros países pudieron parir: la oligarquía terrateniente. Tras la independencia política de las colonias es ésta la que se sienta en el nuevo trono de América Latina. Desde la conformación de los nuevos Estados fue ella la que se hizo cargo de quitar del medio a todos aquellos que impidiesen la implantación del incipiente capitalismo agrario en la región. Fue ella la que se enorgullecía de importar, además de las “convenientes” manufacturas extranjeras, las virtuosas y grandilocuentes ideas de civilización y progreso –grandes baluartes del viejo continente- que dieron lugar a la posterior colonización pedagógica, entre otros males, de la que habla Arturo Jauretche.
Dejando a un lado la ineficacia de la oligarquía terrateniente y de la joven burguesía latinoamericana para adornar con tintes democráticos las nuevas instituciones estaduales, lo que impulsa mi escritura es la enorme capacidad de este sujeto para exterminar (con total impunidad, ya que la justicia histórica siempre estuvo a cargo de ella) a todo aquél que se interponga en sus intereses. Lo hizo con el “indígena” -concretando uno de los más grandes genocidios que pudo llevar a cabo el género humano-, con el “gaucho” (identidad peculiar -fusión de la cultura nómada entre indígenas y criollos- en países como Argentina y Brasil), persiguiéndolo, destruyendo su existencia; similar suerte la de los “negros” extirpados del África materna, venidos aquí sin más ilusión que el triste fin de ser mano de obra esclava y carne de cañón en más de una guerra, guerras que acabaron con su existencia en varios países de nuestras tierras (y sobreviviendo con humillación en Uruguay, Brasil, América Central, entre otros); y lo hizo con el “subversivo”, durante las nefastas dictaduras en las que esta parte del globo tocó lidiar con la más tortuosa de las muertes.
La aniquilación de éstos sujetos da fiel cuenta de los diferentes momentos de la historia en los que éste sector social dispuso la supresión de aquél ‘Otro’ que obstaculizaba la realización de sus fines, o por la simple razón de ser sujetos culturalmente diferente. Sin embargo, hay uno de éstos que me interesa de manera sobresaliente: el indígena, en tanto atraviesa las realidades de todos los países latinoamericanos, desde hace algo más de quinientos años.


500 años de civilización “a la latinoamericana”

En el contacto de ideas tales como “civilización”, “barbarie”, “progreso” con las nuevas tierras americanas descubiertas a finales del siglo quince es que se produjo una de las más grandes masacres de la humanidad. Los indígenas no eran ‘personas civilizadas’. No eran seres humanos siquiera. Según los santos profetas del cristianismo apenas eran animales con algunos rasgos humanizantes. Y como había que extirparles la tierra (su madre, en la cosmovisión indígena) para explotarla no quedó otra que emplear la tecnología bélica que el ansiado progreso os había suministrado -para ni siquiera sudar en la batalla. (No faltaron casos en los que el afán de progreso de los espíritus avaros recomendaba el uso del sable, para no gastar balas en el indigno enemigo). Como éstos seres animados no tenían “sentido de la propiedad” (como dijo el general Roca en su momento) eran anarquistas, y había que acabar con su existencia para poder trabajar sin incomodidades la nueva propiedad robada. Se necesitaba dar muerte al bárbaro. La barbarie, como antítesis de cultura, según la ideología civilizatoria, es extensiva a todo aquél que no diera sentido a los máximos valores del vivir occidental. Por lo tanto, el indígena, al no saber de propiedad ni emprender la misma relación que el europeo con la naturaleza, es apremiado con el bárbaro concepto de barbarie.
Pero el colonizador tarde se dio cuenta que una vez exterminados los “animales balbuceantes” no había manos para trabajar la tierra. Fue por eso que, con el correr de los siglos, junto a los españoles ya afincados como nuevos inmigrantes en la región y a los pocos indígenas que subsistieron al exterminio, trabajaron las manos negras de los esclavos africanos. Sin embargo los ‘indios’, como los llamaban y siguen llamando hoy en día, tenían una característica que los inadaptaba a la nueva forma de trabajo que proponía el español. No eran dóciles. No se subyugaban al “conquistador”. Su antigua forma de vida los hacía rebeldes por naturaleza ante la nueva forma de opresión que pretendía imponérseles. Y es en el afán civilizador del imperio español que hace intervención el genocidio cultural con el que se identifica el cristianismo de la Iglesia católica: no olvidemos, jamás, que quede en la memoria de toda América Latina, fue éste el primero de los males con los que se contaminaron nuestras tierras, uno de los rasgos más relevantes de nuestra cultura desde los comienzos de la colonización. Hete aquí –y lo digo junto con Nietzsche-, uno de los elementos históricos que fortalecen la opresión de los menos, debilitando –cada vez más- la vitalidad de los más.
Hoy, tras un siglo y medio de la conformación de los Estados nacionales, se sigue alabando a los distintos héroes patriotas por su encanto liberal y su promoción de la educación civilizadora de los pueblos, mientras que se deja en el lado oscuro de la historia su labor intelectual para llevar adelante el exterminio de los nativos de nuestras tierras, de aquéllos a quienes realmente les pertenecía –por legitimidad histórica- el uso de las tierras latinoamericanas. Al paso que se masacraban indios se cercaban las nuevas propiedades de la oligarquía terrateniente, que germinaba a la misma velocidad con la que lo hace el café, la soja, el cobre, y los vacunos de exportación. Hoy, luego de haber derramado la sangre de cientos de miles de indígenas sobre la cara de su madre, se sigue cantando en las instituciones escolares los himnos de aquellos nefastos próceres del holocausto indígena, dejando que siga derramándose esa sangre por las venas abiertas de nuestra historia (como bien dice nuestro vecino rioplatense Eduardo Galeano).
(No viene mal refrescar la etimología de la palabra ’bárbaro’: es una expresión peyorativa que procede del griego, y su traducción literal es "el que balbucea". Aunque los griegos empleaban el término para referirse a personas extranjeras, que no hablaban el griego y cuya lengua extranjera sonaba a sus oídos como un balbuceo incompresible u onomatopeya -“bar-bar”-, existen escritos que demuestran que puede concebirse a los bárbaros no como "extranjeros", sino como personas que carecían de educación). Pero como dice Carlos Estrada en el Mito Gaucho:

“Daireaux levanta el velo de las leyendas y pone en evidencia las patrañas forjadas acerca de la agresividad y barbarie de los indios durante las campañas del ‘desierto’”. (…) “No era el indio tan negro como lo mostraba la leyenda, ni tan invencible, ni tan audaz, ni su fuerza numérica era tan grande, como lo hacían creer los jefes de la frontera… No era tampoco un verdadero salvaje. Si era rudo como el medio en que vivía, no tenía ningún defecto de naturaleza que le impulsase a crueldades inútiles… Su gran crimen contra la civilización ha consistido en no distinguir entre los animales libres que pueblan la llanura, aquellos que eran ‘res nullius’, de los que eran propiedad privada. ¿Cómo había de comprender lo que los europeos entienden por propiedad? Para él, la propiedad del territorio que ocupa está ligada a la idea de patria; ambas forman una sola cosa y son igualmente sagradas… No comprende estas dos fases de una misma teoría que le son igualmente contrarias. La tierra es su bien, y se la arrebatan; el rebaño es bien ajeno, y no tiene derecho a disfrutarlo.” (Estrada Carlos, 1948)
Así se construyó, desde el poder, la identidad de ese otro, el indígena, en la ‘falta’ (LACAN - Michel Sauval - Artículos - Las tres formas de la "falta de objeto"). El indígena es el sujeto carente de cultura. Por eso debe civilizárselo, domesticarlo, corregirlo, adiestrarlo. No voy a reparar aquí en el debate antropológico acerca de lo que es la cultura y si hay (o no) sujetos con mayor cultura que otros. Voy a dar por sabido que lo esencial es la diversidad cultural, y no hay en este presupuesto mejores o peores culturas, más allá que algunas de ellas utilicen con más frecuencia pensamientos de tipo ‘racional’ mientras que las otras apelen más a menudo a la forma de ser ‘mitológica’ o divina. Considero que frases como “aquellos no tienen cultura” son consecuencia de aquél pensamiento civilizador del siglo diecinueve. Este es el discurso del que se valieron los estandartes de la civilización en Latinoamérica. Pero así es la historia, y lo mejor que podemos hacer es aprehender de ella; porque debido a la labor expropiadora de los genocidas (próceres nacionales) las históricas tierras indígenas son hoy propiedad privada de terratenientes que las rentan a la burguesía agraria para exportar materias primas a los países del hemisferio norte. En palabras de Carlos Estrada, haciendo mención al caso argentino:
“Daireaux pone, pues, al descubierto con datos concretos y cifras, lo que fue la ‘conquista del desierto’, fábula ‘heroica’ que se comenzó a tejer desde la época de Rosas para ocultar los verdaderos móviles y fines de esa campaña: el apoderamiento a mano armada de las tierras más feraces de la pampa. Así se erigió el privilegio y bienestar económico de las doscientas familias que constituyeron el semillero de la oligarquía portuaria gobernante, el lastre que, hasta hoy, ha impedido la instauración de una auténtica Argentina, libre y justa.” (Estrada Carlos, 1948)
Podemos decir, entonces, sin ningún tipo de resquemor, que estas ideas importadas de la Europa de occidente –a la que nuestros estadistas del siglo diecinueve tuvieron como su verdadera madre patria-, las ideas de progreso y de civilización que tantos beneficios y ornamentos traería a la humanidad, no han hecho más que arrojar un saldo mortal en su implementación colonial. Dirá Deodoro Roca hacia mil novecientos treinta: “El hombre social vuelve a sentirse incómodo, desdichado, en medio de una civilización sin igual. ¿Por qué, si casi posee la omnipotencia?” (Roca Deodoro,1930)
Palabras finales
Varios hombres y mujeres a lo largo de los últimos doscientos años tuvieron la voluntad histórica de cortar el lazo imperialista y acabar con la hegemonía económica de la oligarquía, sin embargo, los distintos gobiernos que intentaron librarnos del yugo opresor durante el siglo pasado, no pudieron dar fin a la fuerza que tal sujeto histórico tiene en éstas latitudes. Es por eso que toman relevancia los distintos procesos que algunos países de la región están atravesando.
No podemos dejar de decir que al recordar los doscientos años de independencia (política, valga la pertinencia de la aclaración), escondemos –sin quererlo o intencionalmente- los quinientos años de exterminio físico y cultural del pueblo indígena de toda América Latina. Cuenta pendiente para la historia de la dignidad humana que en algunos casos como el boliviano comienza a ver destellos de reivindicación en el nuevo horizonte que nos propone el siglo naciente. Conceptos y procesos como el recientemente forjado “socialismo del siglo veintiuno” deberían preocuparse por resignificar el peso que tienen los pueblos originarios en la historia de todos los países del continente. Recién ahí podrá vislumbrarse un futuro que ilumine a todos aquellos que incluso hoy siguen caminando por el lado oscuro de la luna…






BIBLIOGRAFIA
Domingo Faustino Sarmiento; “Facundo. Civilización y barbarie”

Osvaldo Bayer; “La Patagonia rebelde”

Eduardo Galeano; “Las venas abiertas de América Latina”

Arturo Jauretche; “Los profetas del odio y la yapa. (La colonización pedagógica)”
Carlos Estrada; “El Mito Gaucho”
Max Weber; “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”

Deodoro Roca; periódico “El País, diciembre de 1930”


(versión adaptada para la publicación en la revista mexicana Sapiencia)

3 comentarios:

Flor dijo...

cuenta pendiente para la historia de la dignidad humana.

Que bien que escribis, Sira querido... que placer es leerte!

te quiero mucho mucho

efervescenscia sensacional dijo...

Que vos me halagues para mi es un halago MAYÚSCULO. Como sentirse reconocido por una palabra MAYOR.
Que honor haberte conocido Flor...

Laurita dijo...

Me dejaste estúpida con tan sabias palabras querido! Luego seguiré leyendo lo demás, pero con esto quedé omnubilada, y con ganas de leer más. Costó recordar el nombre del blog para luego buscarlo, pero valió la pena che. Un abrazo, y nos vemos en una de esas noches locas en la casa de tus primas jaja. (Soy Lau, la amiga de Caro). Sé feliz!